Álvaro Parriego
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Imperfectos parte de una idea simple: lo perfecto y lo bello no siempre van de la mano. Las líneas rectas se buscan sobre el lienzo con intención, pero se desvían, se rozan, no llegan a tocarse — y ahí, exactamente ahí, está la belleza.
La imperfección deja de ser un error y se convierte en liberación: la obra respira porque no está del todo controlada, porque algo se le escapa a la voluntad.











